Tamul y las lluvias que dan dramatismo a mi vida

La cascada de Tamul mide 105 metros y está en la Huasteca Potosina, estado de San Luis Potosí, México. En época de lluvias tiene este color, y en temporada seca es más bien azul turquesa. O eso es lo que he visto en internet. No fuimos en las mejores fechas, pero no sabemos estarnos quietos.

Guadiana (que aparece y desaparece) y Tom Bombadil (el fotógrafo oficial del viaje) vinieron a pasar dos semanas a México. Entre chistes, y la deportiva resignación de Guadiana (que era el único carnívoro del grupo), nacía Vegetalia. Vegetalia es, una filosofía de vida vegetariana (ahora vegana), y consciente con el medio ambiente.

De esto hace ahora un año, y por eso quiero recordar el día de la fundación de Vegetalia. O quizás fue más un descubrimiento, revelado precisamente por el más ajeno; Guadiana. Empezaré por algo parecido al comienzo. Aunque me cuesta determinar los capítulos de aquel ‘road trip’.

Esa misma mañana habíamos intentado visitar el Puente de Dios, pero estaba cerrado por la crecida del río -este dato es importante-. Tras cambiar de pick-up unas 3 veces, llegamos a Tanchachín dos horas antes del atardecer.

Aquí, frente al puesto de información de la entrada -que estaba cerrado también-, tuvimos que hacer tiempo. Porque Guadiana desapareció, con un señor con nombre de pájaro, al que llamaré Cuco. Para conservar su anonimato.

Tom Bombadil se pasó las horas (y el viaje) haciendo fotos a todo lo que pasaba. Que como podéis ver, fue bastante fauna y flora. 

Cuando faltaba nada para que se pusiera el sol, apareció Guadiana con el Cuco. Habían estado visitando el pueblo, y conociendo los sitios ‘buenos’ para acampar. Cuco nos había encontrado -más bien Guadiana lo encontró a él-, así que él iba a ser el que nos llevara a Tamul el día siguiente.

Para visitar la cascada de Tamul, los tours (no queda otra, a no ser que lleves tu propia barca) salen desde Tanchachín o desde La Morena.

Los lancheros-guía se inscriben en una lista (son alrededor de 150), y cada mañana sortean unos números que determinarán el orden de salida de cada guía. Es decir, si te toca el 21, te llevas el vigésimo primer grupo que aparezca en el día. Y si solo llegan 20, pues no trabajas y no cobras. A excepción del que saque el número 1, que tiene que limpiar la caseta y la zona antes de salir al río.

Lo que Cuco proponía era, que él nos fuera a buscar a las tiendas de campaña y así no arriesgarse a que le tocara limpiar la caseta. Porque eso nos retrasaría. O sea, que quería pasar de la burocracia turística, y de la organización ejidal.

A mí empezaba a agobiarme el tema, porque veía que no nos íbamos a quitar a este señor de encima en la vida. Y qué razón tenía.

El rincón que nos enseñó estaba genial, la verdad. Pero nos daba reparo (a mí por lo menos) el que Cuco supiera dónde íbamos a estar exactamente. Porque mala persona tampoco es que pareciera, pero un poco tramposo sí que era, y eso no daba la mayor confianza.

No tuve mucho tiempo para preocuparme, porque a los 20 minutos de dejarnos allí, volvió a aparecer. Venía a fumarse un cigarrillo especiado, porque era el lugar discreto al que ir. En fin.

Entre tanto, trató de convencernos para juntarnos allí mismo a primera hora. Así no teníamos que andar hasta la entrada del pueblo -el puesto turístico-, y además, una prima suya tenía un restaurante DEGETALIANO de esos. Nos reímos MUCHO de aquello en lo que restaba de viaje. Y de vida, yo creo. Quiso decir vegetariano -claro-, y estaba cerrado.

De esta tontería nació Vegetalia en realidad. Más como sarcasmo de Guadiana hacía el resto que otra cosa. Pero el tema es que cuajó.

No sabemos acampar sin un fuego. Esta vez ni siquiera teníamos nada para cocinar. Pero espanta a los mosquitos. O esa es la teoría.

Mientras Mikel se encargaba de mantener vivo el fuego, Tom proponía jugar con luces, y Guadiana decoraba el plano. Menudo equipo.

Ya era por la mañana, y en un rato llegaría Cuco a por nosotros. Mikel -el único-, se metió al río helado para ‘ducharse’; aunque todavía hoy creo que fue para la foto. Jé. Yo bastante tenía con mis nervios. Donde hay confianza…

 

Voy a explicar lo que argumentaba mi cerebro para que me pasara toda la noche preocupada, y por qué tengo esa cara en la foto. Jaja.

 

Veníamos de Tamasopo, donde las cascadas estaban cerradas al público porque el río venía crecido. Era muy probable que aquí también viniera el río demasiado fuerte, y no habíamos visto a nadie en el puesto turístico.

 

Mi teoría (conspiratoria) era, que igual las lanchas no estaban saliendo, y que por eso Cuco nos quería llevar directamente al río. Para que no supiéramos que estaba ‘prohibido’. A ver, que ya sé que puedo ser muy malpensada, y que mi teoría es retorcida. Pero en época de lluvias apenas va nadie, y no hay trabajo para todos los lancheros. Así que no sabía hasta qué punto podría estar dispuesto a arriesgarse Cuco.

Y viajaba con dos marinos y un ex-nadador a los que, en conjunto, no podría importarles menos el estado del río. De nuevo, donde hay confianza…

 

Resumiendo: yo no pensaba subirme en el bote hasta que en el puesto oficial me confirmaran que las salidas estabas permitidas. Y así fue. Caminamos hasta la entrada y vimos que estaban activos. Todo el orden. De paso, también pudimos dejar nuestras mochilas en la garita de la policía que había pegando.

 

Llegar a este punto fue otro drama. La mayoría de los guías tienen pick-ups en las que llevar a sus clientes hasta el embarcadero, que está a unos 4 kilómetros de Tanchachín. Para llevar a los clientes, y los pertinentes remos y chalecos.

Pues Cuco tiene una scooter. La idea era hacer cuatro viajes para dejarnos uno a uno en el estacionamiento de Tamul. El primero fue Guadiana, y el resto aprovechamos la caminata para hacer autoestop, que el la Huasteca es lo más común.

Por falta de comunicación, nos pasamos de largo la entrada al estacionamiento, y acabamos en La Morena -el pueblo siguiente-. Otra vez a hacer hacer autoestop de vuelta. Todo esto mientras Cuco se paseaba carretera arriba y abajo en busca de tres güeros que había perdido… Pero llegamos, que es lo importante.

Penúltimo apunte; porque ya estoy terminando. Para llegar a la cascada hay que remar contracorriente por una hora. ¿Veis cómo sostiene el remo Guadiana? Pues así se pasó el trayecto ENTERITO. Ni una palada le dio el tío. Hay que quererlo.

 V de Vegetalia, claro. Hay fotos de los cuatro (creo) haciendo esta idiotez. Pero con una es suficiente, ¿no?

Un selfie para cerrar, ¿por qué no? La víspera tenía miedo de irme a morir en el río, y al llegar aquí es cuando tuve claro que iba a vivir. Qué dramática soy. Y qué emocionante es la vida así.

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