Siempre me pierdo en el monte. Parte 2 y 3.

Me gustaría decir que no habrá una “Parte 4”, pero es muy pronto para asegurar nada, y en un par de meses estaré en Costa Rica conociendo parques naturales…. Traducción: me perderé. Muy probablemente.

Pero estamos en la segunda parte, así que empezaré por ahí.

Parte 2: Cuando no llegamos al Quemado, en Real de Catorce.

Juntamos 3 días para completar el “típico tour” del desierto de Wirikuta; pasando por Matehuala, Wadley, noche en el desierto -el Peyote es opcional-, visitar Real de Catorce y subir al cerro del Quemado. (AQUÍ -clicando- el post específico-informativo por si alguien quiere conocer la zona).

Acampamos en el desierto de Wirikuta, con fuego y todo -¿por si los coyotes?-.

Total, que para subir al cerro del Quemado -que debe ser sencillo y tiene unas vistas preciosas- hay dos opciones: a caballo o andando. No había duda de que íbamos a subir andando, pero el dilema era si subir por donde va la gente o probar por el otro camino. Por subir por un lado, y bajar por el otro, para ver las minas que no se ven normalmente, y el siguiente valle.

Paréntesis: hicimos el viaje con nuestro amigo Ivan, que estrenaba unas ‘zapatillas’ minimal -sin suela y sin casi tela, en realidad-. Otro paréntesis: Mikel había hecho un recorrido muy parecido un año atrás, pero todo entero andando -en lo que fue una ruta de 3 días por el monte, básicamente-. Eso lo hizo con otros amigos, porque a mí no me ha convencido aún de hacer algo así. Sigo.

Como Mikel ya conocía la zona e íbamos bien de tiempo -teníamos 4 o 5 horas de luz por delante para un recorrido que se suponía que era de hora y media-, decidimos ir por ‘el otro’ camino. Preguntamos en el pueblo, nos indicaron dónde tomarlo, y fuimos a buscarlo. Pero no lo encontramos.

Así que, en un momento dado nos salimos de la pista de tierra -que parecía seguir y seguir hasta no sé dónde-, y subimos por lo que al principio parecía un caminito en la dirección correcta. Después el ‘caminito’ desapareció y aparecimos en unas minas abandonadas -impresionantes, eso sí- como a mitad de la ladera. Pues ya no había mucha más opción… y seguimos subiendo.

“En la cima seguro que hay un camino”, decía Mikel -¿os suena, verdad?-, y me daba más miedo bajar que subir, así que seguimos ‘trepando’. Hasta que llegamos arriba.

Aquí éramos súper felices, porque acabábamos de llegar arriba del todo. Lo que parecía arriba del todo. Pero los caminos esos que se ven al fondo de la foto no llegaban hasta el monte en el que estábamos.

No había un sendero definido, no se veía el Quemado, y no estaba claro cuántos montes nos habíamos desviado. Bueno, la verdad es que Mikel -que es medio brújula- no se sintió desorientado en ningún momento. Pero Ivan y yo… un poco bastante. Y eso no era todo.

Resultó que las zapatillas de Ivan no servían para andar en el monte -era el primer día que las usaba, y ya tenían un agujero-, y el pobre se resbalaba a cada paso que daba. Y yo hacía un buen rato que había entrado en pánico; porque allí sí, allí se supone que hay serpientes de cascabel, escorpiones, y lo que quieras imaginar. Porque es su medio. Por mucho que normalmente se vayan a esconder de los humanos, en su medio.

Así que Ane solo corría -andaba lo más rápido posible- mientras evitaba meter el pie entre vegetaciones densas, lloriqueaba, y pensaba en ahogar las penas en algún bar si es que sobrevivíamos a la noche helada en el monte. El clima es desértico, y de madrugada podía rozar los cero grados; no era tontería eso de morir congelados. Muy improbable -porque en realidad estábamos al lado del pueblo y eran las 4 de las tarde- sí, pero no imposible.

En realidad -ahora que lo miro con perspectiva -no fue para tanto. Solo tuvimos que andar una hora hasta el camino que vimos en la loma de enfrente. Y otra hora desde allí hasta Real de Catorce. Llegamos al pueblo de sobra para merendar, y habíamos visto las ruinas que no ve absolutamente nadie. La prueba de ello, es que ni siquiera tienen tapiados los túneles, pozos y accesos a las minas. Si decidís seguirnos, por favor, pisad con cuidado.

Pensándolo bien, una vez sobre el camino debimos hacer un último esfuerzo hasta el Quemado, pero no lo hicimos. Habíamos vivido demasiadas emociones -aunque se lea rápido, lo vivimos despacio- y estaba agotada. Y feliz. Feliz porque estábamos sobre el camino empedrado. Y por una vez, a Mikel no le importó demasiado quedarse sin subir a la cima -la buena, quiero decir- porque él ya había estado…

Para cuando Ivan tomó esta foto yo ya empezaba a plantearme si no me había preocupado de más. Nos sobraba tiempo, así que hicimos el camino de vuelta con toda la calma del mundo.

Ni siquiera me tomé una cerveza al llegar abajo. Iván, en cambio, se cebó con los tacos y después lo tuvimos enfermo durante una semana. Durmiendo en el sofá, porque en la cama estaba incómodo. Pobrecito. Lo echamos de menos.

Foto del viaje que hizo Mikel un año atrás. La próxima vez tengo que llegar a la cruz; la vista es increíble.

Parte 3: Ane hizo de guía y llegamos al Mirador de Benito Juárez, Oaxaca.

Esta historia se cuenta fácil. El guía turístico del pueblo nos explicó cómo llegar por el camino de detrás -el camino principal es carretera para coches, y por eso no le gustaba a Mikel-, y fui yo la que lo encontró. Y llegamos a la primera. No; no fue tan así, pero casi.

Hace poco visitamos la Sierra Norte de Oaxaca -más concretamente la Sierra Juárez-, y por extraño que pueda sonar eso de “guía turístico del pueblo”, es así. Lo explicaré más en detalle en la entrada que edite sobre la sierra (típico: cómo llegar, etc, etc), pero resumiendo diré que: hay una serie de pueblos mancomunados que se han organizado para preservar y promocionar la zona y sus montes. Lo cual está muy bien y ayuda a que todo el mundo cuide mejor de su entorno, pero a la hora de conocer la sierra, en cambio, el visitante se encuentra un poco ‘acordonado’ para lo que suele ser ‘a andar al monte’.

Es el caso de Benito Juárez -tal vez el pueblo mancomunado más visitado- y el Mirador. Una vez consigues llegar al pueblo, pagas una pequeña cuota para subir al monte; en el que han instalado un mirador, un puente colgante y una tirolesa. Lo ‘malo’ es que si quieres ir sin guía te aconsejan ir por la carretera.

El Mirador de Benito Juárez (Oaxaca, México). Si os fijáis, hay un parking de coches a la derecha -aunque solo se vea un trozo de coche blanco en la foto-.

Nosotros preferíamos pasearnos por el monte/bosque, así que insistimos hasta que nos explicó dónde estaba el camino -que además era más rápido, porque subía sin tanta curva-. Era algo así como andar 1 km por tal pista, cruzar una puerta de madera, y 50 m después tomar el camino que sube para la izquierda. El chico se esforzó bastante porque nos quedara claro; supongo que no tenía ganas de ir a buscarnos después. Já.

La pista… bien. La puerta de madera… bien. El camino hacia la izquierda… no aparecía. Al menos no aparecía ninguno los suficientemente obvio. Avanzamos lo que a mí me pareció que eran 500 metros más, hasta que retrocedimos. Fui yo la que eligió en qué momento subir a la ladera -por una vez-. Así, si nos perdíamos sería responsabilidad mía y no podría culpar a Mikel; que sinceramente, es lo que hago siempre.

La determinación me duró bastante poco. Porque a 100 metros se tapaba el caminito que me había parecido ver, y sobre todo, porque ese monte estaba a reventar de abejas. Tengo pánico a las abejas. Pero tampoco habíamos visto opción mejor, así que tiramos por allí.

Esta roca es un ‘mini-mirador’ que nos encontramos por el camino. El sitio merecía la pena.

Creo que anduvimos una hora. Solo una hora -yo atacada toda la hora-, y ya estábamos en El Mirador. Tengo que aprender a tranquilizarme cuando salgo de calles asfaltadas, porque luego lo miro en perspectiva y es absurdo. Jejeje.

No se ve toooodo lo que vivimos, pero sí que sale parte del recorrido en el VÍDEO de Viajar Sin Prisa en Youtube sobre la Sierra de Juárez. Pongo el link y esas cosas por aquí; por si alguien quiere verlo en persona 😛 

Haz clic en la imagen o en el texto para ir al vídeo en nuestro canal de Youtube =)

En realidad todo estaba calculado -como siempre- para que, en caso de necesidad, nos diera tiempo a hacer el mismo recorrido de vuelta. Cuanto más lo pienso, más ridículo me parece todo, pero pasé mucho miedo.

La vista desde El Mirador. El pueblo que se ve abajo es Benito Juárez. Así os podéis hacer una idea de lo corta que es la distancia desde el centro al Mirador.

Empiezo a pensar que no es que me pierda en el monte. Simplemente, para mí el estar en el monte, es estar perdida en ninguna parte porque no tengo referencias ni buena orientación. Y como no controlo demasiado mis emociones, lo acabo pasando mal. Estoy trabajando en ello. Poco a poco.

¿Soy la única?

Esta foto la subo para que veáis que, aunque me lleve malos ratos, me lo paso muy bien 😀

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