Que no te vean deambular de noche / El Nicho en Cienfuegos – Cuba

Nuestra tercera parada en Cuba -tras la Habana y Cienfuegos– fue la más complicada en cuanto a transporte, pero también fue una lección exprés de graaaan ayuda para el resto del viaje. Queríamos subir al Parque Nacional el Nicho, pero en lugar de pagar un Jeep privado -55 USD por persona- quisimos llegar por nuestro propio pie, y así poder hacer noche allí.

Autobuses, había unos cuantos. Y horarios, también. Lo que no está tan claro es si los mantienen actualizados…

El plan -cómo no- era súper sencillo: a las 08:00 sale desde la antigua estación de tren de Cienfuegos el primer camión que va a Cumanayagua. Allí tomas una camioneta hasta el ‘entronque’ para el Nicho. Y en esta última ‘parada’, esperas a que pase uno de los 3 autobuses diarios, o cualquier otro transporte que suba para el Parque Nacional.

Bueno, pues aquí estoy yo a las 10:00 de la mañana esperando junto a Mario a que pase el camión a Cumanayagua. Mario había vivido en Chemnitz -una pequeña ciudad en Alemania del este, donde casualmente Mikel había trabajado un año- y era ingeniero, pero cuando lo conocimos se dedicaba a vender lámparas por la calle; así no tenia horario y vivía más tranquilo -trabajaba cuando quería, o necesitaba-. En Cuba hay mucha gente que tuvo estas oportunidades de intercambios antes del Periodo Especial, disfrutando experiencias en la DDR, la URSS u otros países de influencia soviética.

El camión al final llegó a las 10:15 -tras más de 2 horas de retraso- y, como es lógico, iba hasta los topes. Pero conseguimos entrar nosotros y nuestras mochilas; que no está mal. Nos costó 10 pesos cubanos (0,45 €) el trayecto de una hora hasta Cumanayagua. Allí desayunamos unos bocadillos de croqueta -aunque en realidad son un amasijo de ‘nosequé’ que no se parece en nada a las croquetas de bechamel jaja, que están en todas las esquinas y quitan el hambre, pero nada más- y pagamos otros 5MN (0,20 €) para que nos llevaran hasta el Entronque.

El cruce de la foto será el protagonista de hoy.

El Entronque es una pequeña comunidad situada, como su nombre indica, en un cruce -después supimos que hay más “Entronques” como nombres propios por Cuba-, donde pasamos 6 horas esperando. Al mediodía abrieron un pequeño puesto de guarapo -jugo de caña de azúcar-, y también pasó una bicicleta vendiendo pan. Y nada, ahí estuvimos viendo la vida pasar. Lo bueno es que teníamos muchos días por delante; porque si te pasa una cosa así en un viaje de 6 días, te desesperas un poco.

En la parada de autobús -que por suerte estaba techada y ofrecía sombra- conocimos a medio pueblo y nos pusieron al día de todo: no muy lejos de allí -en un barrio camino del monte- un hombre había matado a su mujer y su hijo a machetazos la noche anterior y claro, andaba el ambiente algo revuelto.

Al poco rato apareció una señora muy mayor, muy delgada y bastante inestable, gritando y despotricando sobre la casa que le había dado el gobierno; porque tenía goteras y los chícharos le sentaban mal desde que se había tenido que mudar al Entronque. Las mujeres que había en la parada le decían -medio en broma- que le diera la vuelta al colchón y así evitar las gotas en la cabeza a la hora de dormir, y listos.

La señora delgada -que por algo me quedé con la sensación de que se le iba un poco la cabeza- intercalaba sus quejas con acusaciones y gritos hacia las otras mujeres. Las llamaba putas -por estar una de ellas embarazada- y de todo. Nadie se molestó, y en realidad le seguían las gracias -supongo que porque estaban acostumbradas- pero yo me llevé un par de malos ratos. Hasta que asimilé que me encontraba en una situación absurda y listos. Me acabé riendo mucho aquel día.

Por allí pasaba de todo menos transporte para el Nicho.

Mientras tanto, Domingo -militar o ex militar, no estoy segura- le repetía bajito a la señora flaca que dejara de quejarse “¿o no había visto que había yumas -extranjeros- escuchando?”. A saber, pero según contaban unos y otros, la señora mayor había vendido su casa y tras quedarse en la calle el gobierno le había dado un alojamiento en el Entronque, pero como no le gustaba el sitio se había puesto en huelga de hambre, porque estaba harta de comer siempre chícharos. Era todo un poco surrealista, y más aún si tenemos en cuenta que estábamos conviviendo en 6 metros cuadrados.

También teníamos una ‘terracita’ con mascota y todo =)

Así descubrimos los chícharos; una especie de garbanzo pero más pequeño -y más barato-. En México también se dan, y es la legumbre que más hemos consumido desde entonces.

A las 6 de la tarde pasó un tractor gigante que transportaba troncos, y gran parte de la gente que estaba esperando se subió en el remolque -sobre los troncos-. Pero la mujer que estaba embarazada no quiso arriesgarse -emmmm, cero seguridad vial, claro- y nos quedamos a acompañarla. El autobús de las 19:00 ya no podía tardar, y aunque no pasó ni el de las 12:00 ni el de las 16:00, nos repetían que el último siempre llegaba.

Y así fue.

Nada mas montarnos en la caja de un camión 4×4, se hizo de noche. Por el camino de terracería no había farolas y nosotros no sabíamos exactamente a dónde íbamos… y nos pasamos la parada. En un punto el chófer se bajó de la furgoneta y nos dejó aparcados en la ‘avenida central’ de un pueblito -el Nicho-. En ese momento se nos acercó el otro pasajero que seguía a bordo -Armando- y tras preguntarle nos explicó que el Parque Nacional quedaba unos 5 kilómetros atrás en el camino por el que habíamos venido, y que tendríamos que esperar a que el chófer cenara con su familia para deshacer el camino. Genial.

Parecía que iba para rato, así que me bajé a fumar un cigarro. Y de repente bajó Armando corriendo para hacerme subir y esconderme dentro. De primeras me asusté, hasta que nos lo explicó: a lo lejos había visto las luces de un coche de policía y los turistas tenemos prohibido pasear por la noche en los pueblos que no tienen alojamiento habilitado. Es decir, si nos pillaban allí, lo más probable era que nos llevasen de vuelta hasta Cumanayagua -al ‘hotel’ más cercano- y no nos dejaran ir hasta reservar y pagar una habitación con licencia para alojar extranjeros.

En el Nicho se ofrecen tiendas de campaña -o sea, tienen permiso para alojar a turistas-, pero nosotros llegábamos tarde y el parque ya había cerrado sus puertas al público, así que iba a ser complicado explicárselo a la autoridad. Por eso, hicimos caso a Armando, y esperamos dentro de la furgoneta a que volviera el chófer.

Después de no sé cuánto tiempo, volvió el conductor y nos pusimos en marcha.

La verdad es que yo llevaba ya como una hora muerta de miedo -ya me conocéis un poco-, porque no estábamos seguros de que nos fueran a dejar entrar al parque. Habíamos preguntado a mucha gente por los horarios y las condiciones, pero toda la información que nos daban era contradictoria.

En el mejor de los casos, la garita de entrada estaría todavía abierta y nos recibirían para acampar en la zona que tienen dentro habilitada. Al amanecer saldríamos a primera hora a conocer las pozas, cascadas y miradores, y todo sería de cuento.

En el peor de los casos -llevábamos las hamacas en las mochilas- tendríamos que alejarnos un poco de la carretera para buscar unos árboles donde colgarlas y montar el campamento con las linternas de los móviles como única luz. Y esperar a que se hiciera de día para ver dónde carajos estábamos y, por fin, entrar al Nicho.

No todo podía salir “mal” aquel día, y SÍ, la garita estaba abierta -o algo así-. El encargado de cobrar el acceso y suministrar las tiendas de campaña había salido a cenar con su novia, pero nos recibió el custodio del parque -el guarda- que nos dejó pasar a la terraza del restaurante -cerrado, obviamente-.

Cuando le dijimos que veníamos a acampar flipó en colores; por lo visto allí solo llegan grupos grandes de escolares, y siempre con reserva anticipada. Vamos, que no tenía costumbre de que le aparecieran guiris de noche y con idea de quedarse. Esperamos en el comedor más una hora -a que llegara el encargado del ‘camping’- mientras veíamos en la tele la película “Vacaciones en el Nilo”, y cenábamos un aguacate gigante que no sé ni dónde habíamos comprado.

De verdad, no me acuerdo de dónde salió este súper aguacate xD

A partir de ahí todo fue rodado. Llegó el chaval, nos sacó una tienda de campaña -qué bien que llevábamos nuestros propios sacos- y nos fuimos a dormir. Los baños dejaban mucho que desear, pero justo al lado estaban los del restaurante, bastante limpios, así que ni tan mal.

Aquí la suite presidencial. Tooooda para nosotros.

Al amanecer salimos a recorrer el parque -que estaba desierto, claro-, y pasamos el día bañándonos en las pozas y recorriendo el río arriba y abajo.

Las vistas y el amanecer merecieron con creces la odisea del día anterior.

A lo largo del día fueron llegando más turistas -muchos de ellos cubanos-, pero casi nadie se metía al agua porque, decían, estaba muy fría. Era noviembre, y calentita no estaba… pero tampoco estaba helada. No nos íbamos a quejar… teníamos las pozas para nosotros.

Aquí es cuando Mikel se fue a trepar unas pequeñas cascadas y se intentó hacer un selfie con temporizador él solito. Jajajajaja. A día de hoy ya sabe cómo…

Saliendo del parque y bajando ‘al río’ tras cruzar la carretera, hay más pozas y mini playas entre saltos de agua. Y en realidad todo lo de fuera es casi más bonito que lo se encuentra dentro del parque en sí.
El lugar nos recordó mucho a las pozas de Semuc Champey que tuvimos la suerte de conocer en Guatemala un año atrás.

Dudamos de si quedarnos una segunda noche -la primera nos cobraron 6 CUC (6 USD) por persona-, porque el acampar costaba casi lo que una habitación en ciudad, y nos debatíamos entre ver el atardecer desde el Nicho, o aprovechar para bajar hasta Trinidad en alguno de los coches que salían del parque a última hora. En esas estábamos cuando nos topamos al nuevo guarda -debió haber un cambio de turno- que nos pedía 3CUC por persona -la mitad que la noche anterior-, y decidimos quedarnos. Sí, somos unos ratas. Mikel más.

El Nicho es muy pequeñito, y -además de perretes callejeros juguetones- puedes ver caballos y vacas por sus calles.

Salimos a cenar al pueblo, en casa de una señora muy amable con una terraza llena de flores. Habíamos almorzado y tomado un café allí mismo al mediodía, y quisimos volver para probar la comida tan rica que había prometido para la noche.

Lo cierto es que cometimos un error del que poco después nos arrepentimos. No lo sabíamos en aquel momento, pero la comida que nos sirvió -todavía no éramos vegetarianos- está en peligro de extinción -la jutía- y solo está permitido cocinarla para extranjeros. ¿Qué lógica puede tener eso? Pues no lo sé, pero ocurre con varias especies en Cuba. 

De todo se aprende.

¡Casi se me olvida! Mikel se llevó un bonito souvenir de allí; un joven artista le hizo una caricatura sin que se diera cuenta. Sale algo serio, ¿no?

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