Las naranjas y los militares

Hace un rato -hace no sé cuántos días de cuando sea que estéis leyendo esto- estaba volviendo a ver las fotos de Baja California Sur y me he dado cuenta de que dejé una gran historia de aquel viaje por contar.

Qué pelma, ¿cuántas veces has visto esas fotos ya? Pues ni lo sé. En realidad buscaba alguna imagen significativa con la que alimentar la nueva cuenta de Instagram (@viajarsinprisacom) de entre una pequeña gran selección que tengo en el drive. Son esas fotos que podría colorear con los ojos cerrados de tantas veces que las he ojeado; aunque no todas han salido aún a la luz. Parece mentira, pero también me guardo cositas. 

Total, que en esas andaba -soñando y recordando- cuando me he dado cuenta de que nunca os hablé del día que pasamos con Jose.

De víspera la cosa empezaba a tener un tono interesante. Huyendo del calor de Todos Santos nos subimos a un autobús con aire acondicionado camino a Loreto. Llegamos a esta pequeña ciudad a orillas del Mar de Cortéz ya de noche y según bajamos del bus echamos a andar hacia (lo que parecía) la playa. Pero la playa era más bien un malecón -de grandes piedras y sin arena- así que teníamos dos opciones para hacer noche: ir a la “playa de la derecha; La Negrita” o a la “playa de la izquierda; El Oasis”, todo según el mapa, claro. En el maps parecían lo mismo y -por nada en especial- nos fuimos a la playa La Negrita. Error.

Nada más montar la tienda, empezó un continuo ir y venir de coches -que entraban hasta la orilla- y música, y alcohol, y borrachos, y gritos y sobre todo, más y más altavoces a todo volumen. Habíamos ido a acampar en medio de una rave o algo peor.

Todavía estaba amaneciendo cuando desmontamos todo y salimos al malecón a buscar agua y algo de comer. Cruzamos la ciudad hasta la gasolinera y nos sentamos a la sombra a pedir raite; a ver si alguien nos recogía en su vehículo, porque Loreto no parecía dar para mucho más.

En el cruce de Loreto con la federal no para nadie, porque justo cerca de ese punto hay miles de pequeños desvíos que van a casas y barrios y demás, y parece que nadie va para el norte. Misterios de la vida.

Una hora después -cuando desapareció la sombra porque subió el sol- echamos a andar por el arcén para intentar salir de lo que era el “centro” y ver si así conseguíamos algo. A unos 4 kilómetros paramos en una zona que parecía el lugar de descanso para camioneros y demás. Pero nadie nos recogía; de verdad, fue el autoestop más complicado del viaje, de largo.

Entré al baño -Ane al aparato- de una tiendita y pregunté a la dependienta qué nos aconsejaba para avanzar. Y me dijo que lo mejor era acercarse directamente a algún transportista que estuviera aparcado y preguntarle si nos podía llevar. “Oye, pues por probar…”

Al otro lado de la carretera había un tráiler parado con la puerta del conductor abierta y un señor descansando dentro. Me acerqué y tras explicarle nuestra situación -Loreto nos tenía atrapados en sus redes-, le pregunté educadamente si no le importaría ayudarnos a avanzar unos kilómetros hacia el norte. Estaba bastante adormilado así que básicamente mostró cero emoción, pero me dijo que sí.

Empieza El día con Jose.

Nos explicó que tenía que esperar a que no sé quién le trajera dinero para combustible, y que ya después partíamos hacia Tijuana y nos dejaba donde quisiéramos. Nos sentamos a la sombra del contenedor a comer unas naranjas que nos regaló para el camino. Serían las 9 o 10 de la mañana.

Un buen rato después, consiguió el dinero y nos subimos todos a la cabina del camión. Jose -que así se llamaba- se puso al volante, Mikel en el asiento del copiloto y yo iba sentada en el colchón este que suele ir tras una cortina, pero sin cortina. Menos mal, porque sino igual pierdo el conocimiento del calor. ¡Ah! También aproveché para cargar el móvil; muy práctico todo.

Llevábamos 10 minutos en carretera cuando paramos en una casa a orillas de la federal para revisar el estado de los neumáticos. Nos explicó que tenía una sensación rara al volante y prefería ir sobre seguro porque tenía muchos kilómetros por delante. Todos de acuerdo; más vale llegar tarde que no llegar. Además, empezaba a quedarnos bastante claro que el hombre prisa, lo que se dice prisa, no tenía.

Otro buen rato después nos pusimos en marcha por segunda vez. Para recorrer 10 kilómetros más. La segunda parada en boxes era para comprar gasolina en la casa de un señor que la vendía a muy buen precio si sabías dar con él. Muy bien todo.

En el patio de este buen hombre nos pasamos una hora fácilmente; en lo que revisaba no sé qué, le rellenaban el depósito y se contaban sus últimas novedades. Por suerte, en la casa había una camada de perritos recién nacidos con los que jugar mientras tanto.

Los perritos en cuestión (L).

Vuelta a la carretera.

Jose -que vivía en Ensenada, al norte de la península- nos contó lo que él sabía de la zona y nos dio consejos sobre qué playas y lugares visitar. También nos dijo que era peligroso hacer autoestop una vez llegabas a la Sierra del Vizcaíno, porque -todo según los chismes que él había escuchado- había habido secuestros y desapariciones sobre la carretera. Quién sabe, ¿no? Sea como fuere, a mí me bastó para convencerme de quedarnos a una distancia prudencial de la sierra. Unos 150 kilómetros.

Así, entre unas cosas y otras, decidimos que nuestro destino sería Mulegé y/o cualquiera de sus playas de arena blanca en Bahía de la Concepción.

En realidad, si conduces del tirón la distancia entre Loreto y Mulegé no debería llevarte más de 2 horas. En nuestro caso ya era mediodía y el viaje acababa de empezar.

La carretera pasa muy cerca de la costa y cada vez que veíamos una playa se nos hacía la boca agua; qué ganas de llegar a refrescarnos…

No sé cuánto rato después vino el mal trago del viaje. A ver, tengo que puntualizar que fue todo muy entretenido a bordo del tráiler, ¡eh!. Aún a día de hoy nos felicitamos la navidad mutuamente y si subimos a Ensenada algún día le haremos una visita seguro. Fue muy simpático y nos contó historias muy graciosas sobre su vida; como que había sido rockero cuando era joven, por ejemplo. Pero eso para otro día; solo quería dejar claro que estuvimos muy cómodos con él.

Resulta que a lo largo de la carretera federal nº1 hay controles de los militares; porque se mueve mucha mercancía y… pues eso, que me imagino que no solo se transportan cosas legales entre Estados Unidos y México.

Nos paran los militares. 

Y en esas estábamos. Sentados en unas sillas en el control militar, mostrando nuestros pasaportes y explicándole al chaval de uniforme -es que era muy joven- que Jose nos había recogido poco antes y que andábamos de turismo por BCS. Mientras, su compañero revisaba toda la documentación del camión, etcétera. Todo bien. Entonces empecé a imaginarme películas -pues porque así es como empiezan siempre las películas que acaban en cárceles de mala muerte, ¿o no?- y ¡madre mía! el momento que me llevé.

Dos militares subieron a bordo del contenedor a revisar su contenido y mi cerebro mientras tanto iba a mil por hora: ¿Y si hay drogas -o algo peor- allí dentro, como explico yo que nos acaba de recoger y no lo conocemos de nada? Y claro, todo el desarrollo de la historia. Además, si yo fuera a traficar con algo ilegal es muy probable que recogiera autoestopistas para despistar, pensé. Pero fui yo quien le pidió a Jose que nos llevara, y eso desmontaba toda la teoría. Nervios. Muchos nervios.

Pero por fuera llevaba una sonrisa de oreja a oreja, mientras daba palique a los militares. “Cáeles bien por lo menos, que igual así te libras si es que hay problemas” -pensaba- “a Mikel ya verás cómo lo ayudas después”. Jajajaja. No, esto último no era exactamente así, pero más o menos. Un poco de “sálvese quien pueda”. Les ofrecimos naranjas y almorzamos todos juntos en lo que pasábamos el rato.

Aquí puede observarse la base de nuestra alimentación de aquel día. Naranjas y mucha agua.

Por supuesto, todo estaba en orden y nos dejaron seguir con nuestro viaje. Os juro que no es que desconfiara de Jose -que parecía un tío muy legal-, pero el peor de los casos hubiera pintado tan taaaan mal… que era inevitable pensarlo.

Vuelta a la carretera. Yo creo que para entonces ya eran las 2 de la tarde.

Poco rato después Jose nos propuso parar a tomar algo en un restaurante. No teníamos demasiada hambre, pero cómo le íbamos a decir que no. Lo menos que podíamos hacer era invitarle a un refresco o un burrito rápido, ¿no?. Pues rápido no fue.

En el restaurante mismo hay duchas y nuestro conductor aprovechó para asearse y cambiarse de ropa y todo eso. Nosotros íbamos empapados en sudor también -muuuuucho calor en agosto- pero ya habíamos aprendido a vivir con ello. Resumiendo, que estuvimos otra hora y media en el restaurante. Si no más. Ayyy… las -no- prisas de Jose…

Por fin llegamos. O casi. 

Como no sabíamos a qué playa queríamos ir exactamente, Jose nos dejó en el pueblo; Heroica Mulegé. Otro error más; porque allí ni había nada que hacer, ni pasaban los autobuses. Así que tuvimos que hacer autoestop de vuelta a las playas, y para cuando llegamos a la arena -tras 2 o 3 raites más- ya estaba atardeciendo.

Esta foto se tomó nada más llegar. El sol ya se metía detrás de la montaña, pero nos bañamos igual…
Y éste fue nuestro campamento base por un par de días. Hasta que nos fuimos… ¿por qué? Explicación AQUÍ =)

A los dos días nos largaron de la zona, pero esa historia es para otro día.

Las playas PRECIOSAS. Eso sí.

Y a esto le llamamos amigos, VIAJAR SIN PRISA. Y da gracias por llegar. 😀

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