El salmón de Lanquín

Antes de nada, no hay salmones en Lanquín. O al menos no que nosotros sepamos. Pero el título tiene su lógica y si leéis hasta el final entenderéis por qué lo he llamado así.

Llegamos a Lanquín (popular por sus grutas y las pozas de Semuc Champey, por si álguien quiere googlear) justo cuando empezaba a amanecer. Ideal. Aunque llegar desde Atiltlán nos llevó un rato. Tras hacer noche en Cobán, una ciudad en el centro de la república, nos subimos a un mini-bus que salía de dos cuadras al sur del mercado a las 5am. Por lo visto era el único transporte.

Fue toda una aventura pasear mercado arriba y abajo cargados con nuestras mochilas, mientras los locales montaban los puestos de madrugada (por lo menos se veía gente por la calle). Algo debimos entender mal al señor de la pensión, porque nos costó trabajo localizar el transporte. Pero bueno, dimos con la furgoneta “oficial”, y los chicos que la llevaban eran muy cachondos, así que reímos mucho durante el trayecto.

Aquí estaban echando líquido (no sé si de frenos o de refrigeración o de qué) que traían en una botella de plástico “de casualidad”. 

El carromato sonaba PURO APACHE (apunte que hizo el mismo conductor a carcajadas); es decir, hacía un ruido raro que se parecía (tuvimos que darle la razón) a los gritos de guerra de los nativos en las películas del oeste. Pero bueno, no voy a narrar todo el camino tampoco. Sólo quiero apuntar que el conductor, la I, era el guatemalteco más alto que vimos durante todo el viaje, y que al copiloto, el punto, y DJ le encantaba la pachanga. Yo feliz.

Entramos al primer sitio donde daban desayunos y resultó tener una terraza increíble (los que me conocen saben que soy fan de las terrazas). Acabo de buscar el nombre en google y por lo visto se llama El Muro el Hostal-Bar.

Recorrimos el pueblo de punta a punta en busca de una cama libre, porque era fin de año y se complicó un poco la cosa. Pero así (colándonos en un camping-resort con mochila y toda la jeta del mundo) fue como Mikel descubrió (aunque yo nunca he llegado a estar convencida) que el río que nace en las grutas pasa por (casi) todos los hospedajes de la zona.

Por no desaprovechar la caminata fuimos a ver las Grutas de Lanquín. No hay fotos de interior por dos razones: uno, con el flash no hubieran sido las más bonitas del mundo, y dos, nunca lo sabremos porque no me gustan los sitios cerrados y no entré.

Este es el camping-resort donde entramos a refrescarnos. Y donde comienza la historia del Salmón de Lanquín. Mirad qué feliz era Mikel mientras yo sufría (bueno, tampoco tanto).

Para aquellos que no conocen a Mikel: si hay agua él SIEMPRE se tiene que meter. Da igual que haya bandera roja o que directamente no la haya. Es algo con lo que yo estoy aprendiendo a vivir. Para no sufrir. Porque SE VA A METER.

Bueno, pues el caso es que en lugar de quedarse a remojo en la “piscina” de la orilla (como hice yo e imagino el 99% de la gente), Mikel se dedicó a caminar por el borde unos 50 metros arriba en el río y dejarse llevar por la corriente. Para en el último momento echarse a un lado y salir por la “piscina”. Una y otra vez. Y claro, yo (que puede que sea un poco fatalista), a cada vez me imaginaba que se lo llevaría la corriente hasta quién sabe dónde.

Sé nadar (al menos sé flotar con elegancia), pero no tenía intención de lanzarme detrás a sacarlo si eso pasaba. Porque no podría. Y a ver qué hacía yo con dos mochilas en mitad de Guatemala.

Así hasta que grité (enfadada) “QUÉ TE HAS CREÍDO QUE ERES, ¿UN PUTO SALMÓN?”. Se empezó a reír tanto, que tuvo que salir del agua. Suelo recurrir a esta técnica a menudo todavía, pero ya no surte el mismo efecto. No siempre sale. Pero bueno, que me hace mucha gracia y lo quería compartir.

Algo así era lo que yo veía. 

Es el salmón más cuqui que he encontrado en .png en plan rápido.

Pero las grandes ideas del día no acabaron ahí. El hostal donde acabamos durmiendo también tenía río. Lo he buscado en google, Oasis The Traveler, y ¡ahora tiene piscina! Pero bueno, la zona de baño al natural tenía su encanto también.

No es que el río parezca el mismo; ES el mismo. Este dato es importante. 

Voy a dejar que suméis dos y dos para ir deduciendo en qué consistió el drama de la tarde-noche.

  1. En el río Lanquín se ofrece practicar “tubing”; es decir, te lanzas sobre un flotador en forma de donut río abajo. No me acuerdo cuánto costaba pero vimos un par de grupos.
  2. Al atardecer se supone (digo se supone, porque la experiencia fue un poco decepcionante) que puedes ver miles de murciélagos salir de las grutas.
  3. Las grutas estaban como a una hora andando de nuestro hostal.
  4. El río que nacía en las grutas era el mismo que pasaba por nuestro hostal.
  5. Recordad que si hay agua Mikel tiene que meterse.
  6. Nosotros (lógicamente) no teníamos flotadores.

¿Qué genial idea pudo ocurrírsele al señor? PUES CLARO. “Vamos a ver los murciélagos a última hora sin nada más que las chanclas y el bañador, y ya después bajamos por el río (con la corriente, que se entienda bien) y salimos en la zona de baño. Va a ser mucho más rápido“. JAJAJAJA.

Siento decepcionar, pero NO LO HICIMOS. Creedme cuando os digo que Mikel lo decía totalmente en serio. Pero aquí yo, la precavida, le vi alguna que otra falla al plan. Podía haber rocas, troncos o Dios sabe qué (¿un cocodrilo?) en el camino. Iba a ser de noche. Y nada me aseguraba que fuera a ser capaz de salir de la corriente cuando a mí me diera la gana; que eso no era la línea del cercanías. Vamos, que me hubieran tenido que pagar mucho dinero para que me lanzara.

A ver los murciélagos sí que fuimos. Pero, lo dicho, fue bastante decepcionante. Las normas indicaban claramente que estaba prohibido utilizar linternas o flashes (para no molestarlos ni espantarlos) pero la gente se lo pasó por el arco del triunfo. Tras una hora esperando ver “algo” decidimos volver.

Nuevo dilema: ¿paseábamos de noche por el camino sin iluminar hasta el hostal (a mí todavía me imponía todo lo que había leído sobre la peligrosidad de Guatemala) o nos subíamos a uno de los Tuk-Tuk-Taxis que había esperando a la entrada? La decisión fue muy sencilla, porque en los dos minutos que nos pasamos barajando las opciones vimos un todoterreno salirse de la carretera y quedarse atascado en el barrizal junto al arcén. Echamos a andar.

A mitad de camino se me salió el corazón del pecho. Nos encontramos a tres (resultó que buenos) hombres que venían con machetes en la mano. Eran los mismos que habíamos visto a la ida cortando el césped de un terreno a orillas del camino. Pero el susto me lo llevé. Luego nos persiguió (por suerte a una distancia de unos pocos metros) una pequeña jauría de perritos callejeros que ladraba mucho.

Lo importante es que con todo llegamos al Happy Hour para celebrar la Nochevieja. Tras un par de piñacoladas y un triste intento de bailar salsa en la pista, nos acostamos antes de que dieran las campanadas.

Una respuesta a “El salmón de Lanquín”

  1. […] porque había oído que asaltaban y no quise salir de las zonas urbanas. La noche que caminamos desde las grutas de Lanquín al hostal entré un poco en pánico al cruzarnos con unos señores que portaban machetes -estaban cortando el […]

Deja una respuesta

Solve : *
26 − 1 =