Buceando con miedo (pero sin tiburones, menos mal).

En esta foto se me ve muy feliz, y lo estaba, pero esa sonrisa esconde un poco de miedito detrás. Porque una cosa no quita la otra, oye.

Cuando me matriculé (y pagué de antemano) para obtener la titulación PADI Open Water (cuya ventaja es básicamente poder bucear en adelante, echad cuentas) no me planteé demasiado lo que eso suponía. Solo digo que en algún momento terminé llorando desconsoladamente, pero para saber cuándo, tendréis que seguir leyendo. =)

Al estudiar la parte teórica (la víspera de la primera inmersión) descubrí que me podía reventar un tímpano o sufrir una embolia por el aumento de presión. Además de darme cuenta (de repente) de que tendría miles de litros de agua sobre mi cabeza. Cabe aclarar que me dan claustrofobia hasta las cuevas medio grandes.

Lo que yo entendí de la tabla es básicamente, que el volumen de aire que tengo en mi cuerpo (pulmones, oídos, fosas nasales, boca etc) se multiplica por tres en cuanto asciendo desde los 20 metros de profundidad (que es el máximo permitido con la titulación Open Water) hasta la superficie.

Vamos, que más me valía expulsarlo todo según subía, y que quedaba totalmente descartado nadar a toda prisa hacia ningún lado si entraba en pánico. Digo hacia ningún lado, porque una vez bajo el agua yo ya no sabía lo que era arriba y abajo. Adjunto ilustración.

A la izquierda, la gente normal cuando le dicen que flote bajo el agua. A la derecha, yo culo arriba cuando me dicen que flote bajo el agua. Lo sé con exactitud porque en esto consistía una de las pruebas para aprobar el curso. Menos mal que por lo menos me mantuve “estable en altura”; vamos, que no me fui al fondo ni salí a flote. It is something.

Hablando de pruebas. Se supone que de las ocho inmersiones necesarias para obtener la titulación, las primeras tres son en aguas confinadas (una piscina limpia y sin cangrejos ni corrientes hubiera sido ideal para mí), pero en este caso las hicimos en la orilla del lago; donde no cubre.

Y las pruebas consisten en quitarte el chaleco bajo el agua, flotar en el lugar durante un minuto, llenar la máscara de agua y vaciarla soltando aire por la nariz, quitarte el respirador y respirar por el secundario, respirar sin meterte la boquilla y solo aspirando desde el chorro de aire que sale… etcétera, etcétera. Pero sobre todo me acuerdo de las dos que más me aterraban. Ya nos acercamos al momentazo, ya.

Este es Gabe, nuestro instructor californiano, revisando lo que nos faltaba por completar.

Los días fueron pasando poco a poco y llegamos a la prueba de fuego. Pero antes tengo que hacer un pequeño inciso. Para poder bucear, aconsejan:

  • No estar enfermo: por eso estaba siguiendo una dieta totalmente vegana; porque aunque muchos no se lo crean, la dieta vegana me cura y yo venía con medio-anginas y resfriada del viaje en avión.
  • No beber bebidas alcohólicas en las horas previas: tampoco bebemos cuando estamos de turisteo en general.
  • No fumar mucho: esto me costaba más, porque con el estrés que manejaba…

Mi semana consistió en: estrés por la mañana hasta que terminábamos con las dos inmersiones diarias, tranquilidad y cafés por la tarde para celebrar que seguía con vida y mis oídos intactos, y estrés por la tarde-noche pensando en la que me venía encima nada más despertar. Y así llegó EL DíA DEL FUN DIVING (inmersión por diversión, já).

La calidad de la imagen no es muy buena, pero sirve para que os hagáis una idea de la visibilidad que había, que por si fuera poco, era como de dos metros. Y aparte, si intercalo imágenes tengo la sensación de que se lee más fácil el post. Jé.

Nos llevaron en la lancha a uno de los puntos de buceo donde iba a tener que superar las dos pruebas que más miedo me daban:

La primera consistía en simular un ascenso de emergencia. Léase subir 15 metros sin hacer paradas por el camino (para compensar el cambio de presión y tal) expulsando aire continuamente mientras emites un ruidito, para que el instructor se asegure de que lo estás haciendo debidamente y no vas a quedarte en el camino.

Y la segunda consistía en quitarme la máscara a 15 metros de profundidad por un minuto, volvérmela a poner y sacar el agua soplando por la nariz. No sé abrir los ojos debajo del agua, así que esto me iba a dejar totalmente ciega por un minuto eterno y yo lo sabía. Además, recordemos que mi culo flotaba más que mi cabeza y eso me iba a terminar de desorientar. Y cabe añadir, que como venía medio acatarrada, al soplar para vaciar la máscara de agua, era más que probable que se llenara un poco de moquitos. Una maravillosa perspectiva la que tenía por delante, ¿verdad?

Lo bueno fue, que convencí a Gabe para hacerlo en el orden contrario. Así, yo pensé, podré limpiar la máscara y ponerla bien bien requetebien en su lugar antes de continuar con los 20 minutos de buceo posteriores.

Pues en ese recorrido de unos 15 minutos hasta el punto donde íbamos a sumergirnos, me pudo la presión que llevaba acumulando los últimos días… y me eché a llorar. Como una magdalena. Abajo podéis ver una ilustración de aquel maravilloso momento.

Para economizar el trabajo he simplificado la imagen pero en la lancha íbamos 6 personas. Gabe (nuestro instructor), otra instructora con una mujer de unos 40 años y su hijo de unos 8 años (aunque no se aprecie en la imagen, llevaba una gopro en la frente, que confío en que estuviera apagada y no haya imágenes reales de Ane llorando en un bote), y nosotros dos.

Cuando llegamos al sitio en cuestión conseguí recomponerme, y ahí que fuimos todos al agua patos. Y salió todo estupendamente. De hecho, Gabe no terminaba de entender cómo podía darme tanto miedo si luego sacaba las pruebas a la primera. Como muestra un botón: de los tres yo era la que menos oxígeno había consumido al final de cada inmersión, y se supone que cuanto más nervioso estás, más consumes.

Mi teoría es, que me concentraba más que ninguno en respirar debidamente. De hecho, mientras buceaba yo solo pensaba “Ane respira tranquila, tienes aire, Ane respira normal, no sueltes el cacharro ese, Ane sigue respirando que si no te puedes morir, Ane respira despacito”. Más o menos eso era todo lo que pasaba por mi mente.

Pero todavía quedaba por delante una última inmersión, que el programa del Open Water denomina FUN DIVING: osease, inmersión por diversión. Yo le pregunté a Gabe si no me la podía saltar; porque a ver, divertir no me iba a divertir. Estaba ya un poco saturada con tanto buceo. Pero por lo visto, el nombre se lo ponen para despistar. Hay que hacerla por narices. Y ahí que fuimos. Otra vez.

Nos llevó a visitar un hotel que estaba sumergido bajo el lago. Por el camino vimos un grifo que todavía se abría y donde podías notar cómo el agua salía más caliente que la del entorno, un bar en el que se había formado una burbuja de aire y podías sacar la cabeza para respirar sin botella, escaleras que aún seguían medio completas… y hasta un temazcal (sauna precolombina).

En esta (corta) secuencia de imágenes se puede apreciar como Gabe me invita a entrar en el temazcal, y cómo le digo que ‘nanai’ mientras me alejo. Yo hubiera jurado que era imposible que con botella y todo pudiera entrar y salir de aquel mini agujero. Aunque Mikel pudo sin problema, así que mis cálculos no debieron ser muy acertados. La próxima vez lo intento, si eso.

2 respuestas a “Buceando con miedo (pero sin tiburones, menos mal).”

  1. […] cuál hicimos? Sí. El barco hundido. Y fue genial. El guía era muy gracioso y atento –le explicamos el miedito que me da a mí bucear– y el lugar era ideal. La inmersión fue tan progresiva que era muy fácil compensar en todo […]

  2. […] La verdad es que para aquel viaje yo no preparé demasiado. Le encasqueté a Mikel -tenía más tiempo- toda la organización, porque había sido idea suya visitar Guatemala. El estilo de viaje fue evolucionando según se acercaba la fecha; al principio nos planteamos ir de hotel y relax… y terminó derivando en un mochileo de ‘aventura’; con buceo incluido. […]

Deja una respuesta

Solve : *
7 − 6 =