Un volcán cada 25 años

Tenía la espinita de subir un volcán clavada desde el viaje a Guatemala –puedes leer la explicación de por qué se quedó pendiente– y cuando nuestro amigo Beto nos habló de La Malinche, a mí todo me sonó ideal.

Nos contó que él subía -casi- todos los años con su familia, en lo que se había vuelto ya una tradición. Yo entendí -aunque creo que entendí mal- que lo hacían en el día, así que pensé: «pues debe ser medio sencillo, porque si van todos y repiten…». Mikel entendió lo mismo.

Nos informamos -más bien se informó Mikel- de cómo llegar hasta la base y demás, y decidimos subir el primer fin de semana de abril. A pocos días de cumplir yo los 26 años. Menudo regalo anticipado ¡eh!

La Malinche, volcán sísmicamente activo -pero vamos, que ni tembló ni echó humo estando nosotros allí- ubicado entre los estados de Puebla y Tlaxcala, tiene oficialmente 4.420 metros de altura; pero el ascenso es «moderado», puesto que normalmente la gente parte desde un lugar llamado Malintzi, que se encuentra ya a 3.100 metros sobre el nivel del mar.

Si buscas algo de información en internet -cosa que yo no hice; error- verás que el ascenso se considera apropiado para la iniciación a la alta montaña. Según la wikipedia, tardas entre 3 y 5 horas en subir, y unas 2 o 3 en bajar. I-de-al. Si tienes todo el día, claro.

Me empecé a arrepentir nada más empezar. 

Salimos de nuestra casa -en la Ciudad de México- a las 6 de la mañana. Sobre las 7:00 estábamos subidos a un autobús en la TAPO -al sur de la ciudad- dirección Tlaxcala. Una vez allí, 2 horas y media después, buscamos las combis que salían para Huamantla, que pasan por la Malintzi -un centro vacacional donde rentan cabañas y habitaciones a precio económico-. Sobre las 11:00 – 11:30 estábamos en la base para empezar a subir. Llevábamos 5 horas de viaje entre pitos y flautas.

Pero no pasaba nada; yo había llegado hasta allí creyendo que la subida eran un par de horas. El autobús para bajar de Malintzi a la ciudad partía a las 5 de la tarde, y según mis cálculos teníamos tiempo de sobra. 5 horas y media. Já.

Estos dos sacos de tela eran todo nuestro equipaje. Genial; porque no llevábamos casi lastre. Parte mala; no llevábamos equipo para acampar por el camino.

Empezamos a subir -con la inclinación que tenía aquella cuesta ya podían haberlo montado en plan escalonado-, y 20 minutos después yo ya iba con la lengua fuera. Otro detalle al que no había prestado suficiente atención: la CDMX está a 2.200 metros, y si ya me costó en su día acostumbrarme a ello… pues ahora estaba a 3.000 y pico, y subiendo. Las señales estaban ahí, pero una no se fija. La lengua fuera.

Normalmente cuando sufro de cansancio -puede que sea un poco vaga- despierta en mí una mala leche que me cuesta controlar. De canasancio, de calor… cuando sufro en general. Pero ahí estaba yo, calladita e intentado contenerme. Al poco rato -aunque se me hizo eteeeeerno- nos cruzamos con una chica que estaba ya bajando -¡y nosotros empezando!- y me dijo súper sonriente: «ya merito». Osease, «ya casi». Y claro, yo me vine súper arriba.

Es posible que incluso acelerara el paso un poco. Porque pensaba: «es solo hasta allí donde se ve el final, fijo». «Porque la chica te ha dicho ya merito, y eso es que ya debes estar al llegar. Pues no era para tanto».

Y un jamón.

Vale. Que sí. Que lo hizo con toda la buena intención del mundo -seguramente-, pero no está bonito crear falsas esperanzas en la gente ingenua como yo =( Llegamos al final de esa cuesta infernal y ahí estaba La Malinche; en el quinto pino.

Madre del amor hermoso. No sabéis qué bajón me supuso ver la cima allí taaaaan lejos. ¿Dónde había ido a parar?

A pocos metros había un tronco caído -¡ajá!-  y allí que me senté a fumarme un cigarrito, porque esos nervios yo me los tenía que quitar. Descansamos un rato, recuperamos el aliento y me conciencié de que el día iba a ser como 10 veces más duro de lo que yo pensaba. Pero no era plan de darse la vuelta. Una vez de llegar hasta allí… ¿no?

Después vino un tramo bastante light, y en el camino conocimos a una pareja de padre e hijo que venía desde la ciudad. Muy simpáticos; nos hicieron una foto, les hicimos una foto y hasta yo me hice una foto con ellos. Él era médico y profesor de la universidad y el chaval tenía unos 13 años. Ellos sí se dieron media vuelta en el siguiente tramo; chicos listos. 

Supongo que esta foto la tomaron ellos. Justo comenzando la zona más arenosa. Como veis fue todo un día de altibajos; aquí estaba feliz y -medio- descansada y todo.

La lengua de arena.

La siguiente ‘etapa’ consiste en arrastrarse por una lengua súper arenosa y ultra empinada. Literalmente. Un, dos, tres, un pasito pa’lante Maria, un, dos, tres, un pasito pa’trás. 

Casi terminando de subir; ya empezaba a haber más piedras a las que «aferrarse».

Pero

no

se

avanzaba

nada

:'(

(lloro)

Bueno, pues tras unos cuantos revolcones y vaciar la arena de las botas, llegamos a lo que desde abajo parecía «el tramo llano». Nanai.

Este último trozo fue muy gracioso, porque parecía que estábamos jugando al pilla pilla entre nosotros -y también con otro grupito de mexicanos que subía casi a nuestra par-. Y es que no conseguíamos avanzar más de 20 metros del tirón. Unos pasitos, dos minutos sentados, unos pasitos, dos minutos sentados.

Aquí, Mikel esperándome.
Aquí, yo tomando fuerzas para llegar hasta donde estaba Mikel. Detrás de mí, el grupito con el que andábamos al pique.

La altura de marras.

Una es precavida -para lo que quiere- y me había estudiado los síntomas y consecuencias del mal de altura. Bueno, estudiado, estudiado… más o menos. Pero la cabeza no me dolía, así que estaba «tranquila» en ese aspecto. Tan solo estaba cansadísima.

En esas estábamos cuando nos dieron las 2 del mediodía. Decidimos seguir hasta una piedra enorme que se veía algo más adelante -para resguardarnos del viento por lo menos- o hasta que dieran las 2 y media. No queríamos perder el autobús de vuelta a Tlaxcala, y la verdad, a mí el alma no me daba para mucho más. Tampoco soy lo suficientemente cabezota como para seguir y seguir al precio que sea.

Por entonces ya empezaba a estar muy feliz, porque solo quedaba descender. Ilusa de mí xD

No lo sé, porque no he vuelto, pero según mis cálculos estaríamos como a 4.200 metros -¿unos 200 de la cima?- cuando nos sentamos en lo que fue «nuestra cumbre en La Malinche«. En realidad nos quedaban unos metros para llegar al cráter y allí rodearlo. Pero decidimos que desde allí se apreciaba lo suficientemente bien el paisaje. Jaja.

Aunque diré que se parecía sospechosamente a la vista que había 100 metros atrás 😛

Descansamos, hicimos un par de fotos, y vuelta para abajo. La lengua se baja muy rápido; o al menos si sabes cómo deslizarte. Yo intenté dejarme llevar como Mikel, y terminé rodando un poco.

Igual era la tercera vez que me caía de culo, y a Mikel le pareció súper gracioso retratar el momento. A mí… parece que no tanto.

Para las 16:00 más o menos estábamos en Malintzi. Nos bebimos un litro de zumo de naranja y comimos un par de elotes -mazorcas de maíz- para recuperar fuerzas. Supongo que desayunamos algo de fruta en el camino, pero traíamos hambre.

Casualmente vimos a un grupo de estudiantes subir a una furgoneta y les preguntamos a dónde se dirigían. Fuimos con ellos de vuelta a la «civilización»; fue un trayecto muy didáctico donde nos preguntaron por todo tipo de dichos -más bien juramentos- en español. Al final nos dejaron en un pueblo llamado algo así como Margaritas -juraría que tenía nombre de mujer-, que no consigo encontrar en el mapa.

Y ya desde allí fuimos a Tlaxcala -aunque tengo un vacío y no sé cómo lo hicimos; estaba agotada-, donde buscamos un hotel, nos duchamos y cenamos. También paseamos un poco por la ciudad, pero aparte de unas escaleras enormes, no recuerdo nada. Ese día fue too much.

Aprovechamos el día siguiente para visitar los yacimientos cercanos a Tlaxcala. Cacaxtla y Xochitécatl -la foto está sacada en el segundo-.

El domingo visitamos dos yacimientos por la zona, y volvimos a dormir a casita. Con la sensación de haber aprovechado las 36 horas a tope. Y las caras achicharradas -ninguno caímos en la cuenta que a 4.000 metros estás más cerca del sol…-.

Cuatro días después a Mikel empezó a pelársele la frente, y me hizo mucha gracia porque parecía un dálmata.

Al día siguiente se me peló a mí.

Tuve miedo de que las manchas fueran a quedarse conmigo para siempre, pero en realidad nos pelamos taaaanto que directamente mudamos de piel, y en tres días ya no había ni rastro de aquella odisea en nuestras caras.

PD: es súper importante protegerse del sol, y siempre usamos cremas de alta protección. Desde hace unos meses fabricamos nuestra propia crema protectora, y lleva tanto zinc que parecemos fantasmas -esto explica también por qué nunca estamos morenos-. Pero lo primero es lo primero; protegerse, que no es tontería.

Este día nos habíamos dado la crema en el último autobús, y como arriba hacía frío, pues no relacionamos frío con sol -somos de Euskadi, jé-, y no nos acordamos de darnos otra vez. Como comentaba, supongo que el estar tan altos también afectó. No nos ha vuelto a pasar.

2 respuestas a “Un volcán cada 25 años”

  1. Menudo par de peligros…..
    (El señor del suéter)

  2. […] hace ni un mes desde que publiqué la entrada en la que explicaba por qué no iba a subir otro volcán de más de 4.000 metros hasta dentro de 25 años. Pues bien; ¿habéis oido aquello de que el ser humano es el único animal que tropieza 2 veces […]

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