Un paseo en lancha a punto de prescribir

Esta es una de esas historias que en el momento te guardas para ti, porque no quieres preocupar a nadie sin necesidad, pero tampoco quieres quedarte sin vivir la experiencia. Así que te lo callas en lo que prescribe el ‘delito’; en este caso, algo más de 2 años y medio. Allá voy.

Era mediodía cuando llegamos a Rio Dulce; una pequeña aldea portuaria al este de Guatemala. Rio Dulce, además de la aldea, es un parque natural con un río navegable que une el Lago Izabal con la Bahía de Amatique. Para situarnos:

En Rio Dulce mismo hay bastantes hoteles y restaurantes a orillas del río (para el tamaño que tiene), porque es, quizás, el puerto mejor protegido en esta zona del Caribe, y por tanto, está lleno de ‘yatchies’.  En realidad nosotros fuimos a parar a Rio Dulce porque básicamente, la única forma de llegar a Livingston es por agua; ya sea desde Rio Dulce o desde Puerto Barrios.

Al ajo.

La misión era localizar las lanchas públicas que te llevaban desde Rio Dulce hasta Lívingston. Según nuestras informaciones -pocas, porque lo cierto es que Guatemala no está, o estaba, «tan» explotada y menos aún documentada-, el viaje debería costarnos unos 75Q por persona. Con el cambio del momento eso eran como 10€; estupendo.

Seguro que existe la opción de tours privados y botes particulares, pero nosotros queríamos encontrar la lancha en la que se movía la gente local, por supuesto.

Además, en el camión que nos llevó hasta Rio Dulce, fuimos hablando con un señor que vivía en una pequeña comunidad a orillas del río, y nos dijo que el precio eran 60Q. Él tomaba la lancha casi a diario, así que debía de saberlo mejor que la Lonely Planet, ¿no?

Pero al llegar al embarcadero el encargado nos dijo que eran 150Q. Ejem…eso era más del doble. Podíamos entender que nos cobraran un «plus» por ser turistas… ¡pero no tanto!  Teníamos toda la sensación de que el tío nos quería timar.

Y por esto, pasamos al plan B.

Mikel sacó su lado más romántico. Especifico un poco, para no dar lugar a confusión; romántico en plan «he leído libros de piratas y marineros, y seguro que en una aldea portuaria alguien nos recoge en su barco«. Seguido por un «vamos a preguntar en los bares y tascas del puerto, que seguro que así descubrimos cómo ir a Lívingston». Dicho y hecho.

¡Apunte! Llevábamos una semana básicamente en ayunas, porque estábamos fatal del estómago. Esto no parece relevante, pero lo es. Porque tomarte un té helado no pega mucho con esta historia, pero nos tomamos un té helado a medias (ni eso podíamos digerir). Ahora imaginadnos a los dos, con caritas de enfermos, sentados en la barra de un bar con un té frío, buscando tripulación para enrolarnos. Un cuadro.

El bar se llama Sundog y es precioso; por si alguien se pasa por allí. Una semana después volvimos y comimos una pizza estupenda. 

Bueno, pues ni cortos ni perezosos, en cuanto el camarero se medio libró de trabajo, Mikel le preguntó a ver si conocía alguna forma de llegar a Lívingston, que no fuera en la lancha del embarcadero de debajo del puente (donde nos quisieron cobrar de más). Respuesta: «a mí me cobran 150Q ¡y soy puro chapín (chapín es otro gentilicio para guatemalteco)!». Caritas de pena.

Debieron surtir efecto en David -que así se llamaba-, porque nos contó que casualmente un amigo suyo francés zarpaba a la mañana siguiente hacia Honduras. Viajaba en un catamarán y tenía que parar en Lívingston para arreglar el tema de los visados. Nos dijo que lo hablaría con él.

El francés en cuestión iba a pasarse por el bar a tomar algo esa noche, así que quedamos con David en vernos sobre las 20.00 horas. Así podía presentarnos, y si todo iba bien, podíamos acordar una hora a la que encontrarnos a la mañana siguiente.

Y ahí que fuimos. Otro té helado después, apareció René; la típica estampa de señor francés retirado en el caribe que te puedas imaginar. Era bajito y un poquito regordete. Vestía chancletas, bañador ajado y una camisa de bordados maya. El pelo lo tenía rubio blanquecino del sol, y la piel morena tan ajada como el bañador. Jé. Pero sobre todo, derrochaba alegría navegante.

No entendía apenas español, así que poco pudimos hablar. Pero nos quedó claro que estaba encantado de llevarnos. Tras unos minutos de «charla», acordamos reunirnos en el embarcadero del Sundog (el bar en el que estábamos) a las 6.00am.

Ahí fue cuando de repente, me vinieron a la mente las mil cosas que podían salir mal.

¿Y si este hombre lleva drogas o algo a bordo del barco, nos para la policía y acabamos en la cárcel? Eso fue lo primero que pensé. Luego empecé a barajar la posibilidad de que nos pudiera robar, pero no llevábamos nada de valor, así que lo descarté. Secuestrar, no nos podía secuestrar; porque por el río pasaban decenas de lanchas y botes todo el rato, y hubiera sido muy fácil huir nadando. Además, nosotros éramos dos y no tenía pensado entrar a los camarotes ni para ir a mear.

Pensándolo bien, lo único preocupante era la posibilidad de que fuera un traficante o algo así, y que nos quisiera de cebo, para despistar y tal. Y esto me bastó para no pegar ojo en toda la noche.

Así que -decidí-, tenía que informar a alguien de lo que íbamos a hacer. Pero tenía que ser alguien que no me fuera a prohibir subirme al barco. Porque el plan en sí, era un planazo. Conocía bien ese velero -uno igual a ese, vaya- y subir el río en él iba a ser mucho mejor que ir en una lancha apretados. Y sobre todo queríamos poder llegar a vela, sin el maldito fuera-borda armando escándalo.

Mikel esperando a René, mientras yo colocaba la cámara para una foto en automático (la que abre el post).

Era ya de madrugada en Guatemala (las 11 de la mañana en casa) cuando escribí a una amiga contándole lo que estábamos a puntito de hacer. El nombre del bar donde conseguimos el contacto, el nombre y descripción del camarero, del barco, del francés… Todo.

Fue algo así como «si para las 9 de la noche -en casa- no sabéis nada de nosotros, empezad a buscarnos por aquí». Y Mikel avisó a sus padres. Así, si pasaba cualquier cosa, sabrían dónde estábamos. Si no, yo no me subía al barco.

Y así terminé en ese embarcadero de la foto, esperando a un desconocido que nos llevara de paseo 4 horas por un río en mitad de -lo que para mí entonces era- ninguna parte. Con tres cafés para llevar y las magdalenas de plátano más ricas que he comido en mi vida.

Pues faltó un café.

René vino a buscarnos en un bote a las 6 en punto, y al llegar al catamarán nos encontramos con una cuarta persona a bordo. Sophie era francesa, tenía 28 años y hablaba un perfecto español. Nos contó que llevaba varios meses viajando por América Latina, y había conocido a René un par de días antes. Le gustó la opción de llegar a Honduras por mar, y se había unido al viaje.

Con René no habíamos sido capaces de cruzar 3 palabras, y por eso no supo explicarnos que venía Sophie. Con lo bien que hubiera dormido yo si lo hubiera sabido la víspera. El ver a la chica allí me tranquilizó un montón; y además gracias a ella -que hizo de traductora- pudimos hablar y saber más los unos de los otros durante el viaje.

Fueron 4 horas maravillosas.

René al mando. Justo empezaba a asomar el sol.
Mikel y Sophie disfrutando del viaje -mientras yo hago la foto, claro-, y René lleva el barco.
Yo disfrutando lo que no está escrito. En las próximas fotos entenderéis por qué.

El río es espectacular. Con acantilados repletos de vegetación a ambos lados, y curvas y giros en los que se va estrechando y ensanchando. Increíble.

En esta foto se puede apreciar lo altas que eran las paredes del paso en algunos puntos: esa cosa diminuta que se ve a la mitad es una lancha de tamaño medio.

Me hubiera quedado a bordo todo el día.

Pero al final llegamos a Lívingston. Una pena.

Lo cierto es que nos planteamos la opción de tirar con ellos hasta Honduras -bueno, Mikel más que yo, la verdad-. Pero nos quedaban solo 2 semanas en Guatemala, y teníamos demasiadas cosas por ver todavía. Así que nos apeamos en Lívingston y cada uno siguió su camino.

Total que un par de días después sufrí un «pequeño accidente», del que hablaré próximamente, y nos quedamos sin visitar unas cuantas cosas de todos modos. ¿Igual hubiera sido mejor ir hasta Honduras? Nunca se sabe.

Que nos quiten lo ‘bailao’.  Ya habrá más oportunidades para ir, que la vida da muchas vueltas.

4 respuestas a “Un paseo en lancha a punto de prescribir”

  1. Jajajaja, me encanta esta parte: «Mikel sacó su lado más romántico. Especifico un poco, para no dar lugar a confusión; romántico en plan “he leído libros de piratas y marineros, y seguro que en una aldea portuaria alguien nos recoge en su barco“. Es que además os imagino.

    Me está encantando el trabajo que estás haciendo y los posts son interesantísimos y muy amenos, lo cual se agradece muchísimo.

    ¡Un abrazo, pareja!

    1. Gracias Patri!
      Me alegro de que se te haga ameno, y de que puedas reírte con nosotros 😀
      Conociéndonos a los dos además, imagino que te puedes poner muy fácil en cada situación jajaja
      Un abrazo! Nos vemos pronto

  2. […] acordáis de cuando viajé por Guatemala? ¿Y de la vez que nos subimos al barco de un completo desconocido para navegar por Río Dulce hasta Livings…? Bueno, pues esta historieta vendría a ser algo así como el ‘siguiente capítulo’ […]

  3. […] mal no recuerdo, estas fotos están también en el post del ‘autoestop náutico a lo loco de Rio Dulce‘. Estuvimos de paso, la verdad, así que no tenemos mucho material del pueblo. […]

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