El ostión de Manabique

Hace tiempo que no cuento un verdadero drama, y ya iba teniendo mono de llorarle a alguien. Diría que éste en especial se lo he contado al 99% de la gente que conozco. Pero si no hemos coincidido, o no me conoces, ahí va.

¿Os acordáis de cuando viajé por Guatemala? ¿Y de la vez que nos subimos al barco de un completo desconocido para navegar por Río Dulce hasta Livingston? Bueno, pues esta historieta vendría a ser algo así como el ‘siguiente capítulo’ -aunque haya tardado semanas en retomar la historia-.

Perdón si me alargo demasiado, pero es que el sitio merece una introducción; porque es muy especial. 

La Lonely Planet habla maravillas de un pequeño complejo turístico -impulsado por el gobierno y gestionado por familias locales- llamado Estero Lagarto, en Punta Manabique. Dice que en él que puedes ver manatíes, navegar por el mangle, nadar en aguas cristalinas, caminar hasta Honduras por la orilla del mar… que es algo así como ‘el Caribe de Guatemala’. Tenemos un solo ‘pero’ que ponerle a aquella descripción: que no hay manatíes. Oscar -que había vivido sus más de 40 primaveras allí y era el guía oficial del estero- nos dijo que nunca nadie había visto uno. 

El sitio es precioso, increíblemente tranquilo, paradisíaco, espectacular… hasta que la tormenta lo llena de basura arrastrada por el mar. Lo cual te hace plantearte cosas… pero no voy a ser pelma ahora. 

A lo que iba. Para llegar a Manabique tienes que cruzar la Bahía de Amatique desde Lívingston o Puerto Barrios en un servicio de taxi en lancha privada. En realidad -por pijo que parezca- al solicitar este servicio ayudas también a la comunidad que vive en el estero, porque aprovechan los viajes a para comprar todo lo que necesitan en su poblado -que no tiene tiendas-. Son una pequeña comunidad en la que viven humildemente en torno a 10 familias; principalmente de la producción y venta de carbón, y de la pesca. Bastante cazador-recolector contemporáneo.   

Ahí estaba Mikel esperando a que zarpara la lancha -en la foto- que nos vino a recoger.

Probablemente estéis aquí más que nada para saber qué es eso del Ostión, así que me centraré en el drama, y si eso más adelante explicaré en detalle todo lo que se puede hacer en el Estero Lagarto -en plan guía de viaje y tal-. Porque está en mi Top 5 de Guatemala seguro.

Llegamos al mediodía, y Gladis -la matriarca de la familia que gestiona el ‘hotel’- nos presentó a su marido, a sus hijos, a sus nietos, sobrinos… todo el mundo era encantador. El alojamiento era una pequeña cabaña con dos habitaciones dobles en la planta alta y un pequeño comedor al aire libre en la planta baja. Todo a unos 50 metros del mar; precioso. Su nuera iba a ser la encargada de preparar las comidas, y su hijo estaba dispuesto a enseñarnos todo lo que quisiéramos visitar del estero.

Había bastantes cosas que hacer -sobre todo considerando el tamaño del ‘pueblo’, que eran como 10 casitas- como remar en piragua hasta la punta, recorrer en mangle en cayuco, snorkel… Pero como era lo más parecido al Caribe que había visto en mi vida, nos limitamos a estar tirados en el embarcadero y bañarnos en el mar. También intentamos atajar por entre el manglar a ver si podíamos llegar a Honduras sin dar toda la vuelta por la costa; unas 6 horas caminando según Oscar. No se puede.

Paz absoluta.

Bueno, el niño más travieso de la comunidad -al que llamaban Toro, quién sabe por qué- nos intentó timar a las cartas con un juego que se inventaba sobre la marcha. Jajajaja. Quería apostar dinero y todo aunque ¡tenía 9 años! Llegará lejos. Un grande.

Unas horas después Mikel seguía intentando explicarle nuestro juego a Toro, pero no estaba demasiado interesado el chaval.

Como he dicho, nos limitamos a descansar porque ‘total, teníamos tiempo de sobra para todo lo demás’. Error.

Puedo decir sin ninguna duda de que este fue el atardecer más bonito que he visto en mi vida.

La madrugada siguiente salimos a navegar por el mangle con Oscar.

Pero al salir al mar -de entre los ‘canales’, se entiende- nos encontramos con un agua cristalina… llena de residuos plásticos. Chancletas, jeringuillas, envases, tapones… había de todo. Y lógicamente, todo lo había traído el mar porque los habitantes del estero no podían haber producido semejante cantidad de basura; y menos de la noche a la mañana.

El agua seguía limpia pero flotaba la ‘mierda‘, así que decidimos bañarnos más alejados de la orilla, que era donde se había acumulado la mayoría de basura. Saltamos desde el final del embarcadero, hicimos snorkel, nadamos un buen rato, nos refrescamos… y todo genial. Hasta que llegó el momento de salir del agua.

Decidimos que lo mejor era que Mikel subiera primero al embarcadero, y desde arriba él tirara de mí. Así evitábamos pasar por donde estaban todos los restos plásticos, y podíamos llegar directos a la arena, ya más limpia.

Atentos a los pilares del embarcadero, esas que se ven ‘medio rojas’. Por ahí intenté subir.

Junté mis manos para ‘hacer’ un escalón e impulsar a Mikel. Perfecto. Mikel ya estaba ‘a salvo’. Alargó su mano para que yo la sujetara, y tiró de mí hacia arriba. Bien… pero no del todo. En un punto a mitad de camino me solté y caí. Pero yo -muy inteligentemente, lo sé- intenté sujetarme con el pie al poste que sujetaba el embarcadero -no sé en qué estaba pensando-. Resulta que los postes están llenos -repletos- de mejillones en la parte sumergida. Los debí ver cuando hacía snorkel, pero no registré la información como es debido.

Dato importante: me marea mi sangre. Todas las sangres un poco, pero la mía en especial. Mucho. En plan ‘veo una gota y empiezo a quedarme blanca’. 

Bueno, pues miro mi pie y veo que hay algo que se parece alarmantemente a una herida seria, pero todavía no sangra. Sigo mirando -Mikel súper pendiente de mí desde arriba del embarcadero- y en esto que empieza a sangrar. Bastante. «Ane, ¿te has cortado?» – «¡¡¡Estoy sangrando!!!» – «Ahora bajo por ti».

Veo que Mikel echa a correr hacia las habitaciones (¿?¿?) -mientras yo voy a la pata coja hacia la orilla- y sale con una toalla en las manos (ahhh). Me recoge a mitad de camino y me saca en aúpas hasta el comedor. Me sienta.

Pasan 2 minutos hasta que reúno las fuerzas suficientes para mirar otra vez a mi pie. Oh my God; sangra muchísimo.

Me sentía súper mareada -de la impresión, la herida ni siquiera me dolía- y de fondo escuchaba a alguien gritar «¡Es ostión, es ostión, es ostión!». Se había formado un círculo a mi alrededor, y yo seguía escuchando al patriarca de la familia decir «¡Es ostión, es ostión!».

Y yo pensando: «a ver, que ya sé que me he dado un ‘ostión’, pero por favor que alguien haga algo». «¡Es ostión, es ostión!»- el hombre. Después entendí que le llaman ostión a lo que yo llevo llamando mejillón toda la vida. Pero qué momento más absurdo fue aquel en mi mente. Jajajaja.

Tenía a 15 personas rodeándome, pero nadie tomaba la iniciativa para hacer «algo» con aquello. No sé de dónde saqué fuerzas, pero miré y aparté un poco la piel… para ver que, en efecto, tenía restos negros del ostión debajo de la piel. El ambulatorio más cercano estaba a hora y media en lancha, así que la atención profesional quedaba descartada. Mikel les pidió por favor unas tijeras -o algo-, alcohol para desinfectarlas, agua hervida, etcétera.

Y se puso a limpiar la herida -cortar piel y hurgar para sacar trozos incrustados-, mientras yo mordía una toalla y lloraba como una magdalena. Todo esto pasaba con los 8 o 10 niños del pueblo mirándome fijamente. Y yo pensando «¿no os podíais ir todos a la m*, para dejarme llorar en paz?». Menudo cuadro. Pero yo seguía llorando. Es que dolía, j***. También tengo un poco de cuento, pero dolía.

Alguien de todos los que estaban allí tuvo la genial idea de ir a casa de un vecino que tenía anestesia. Un gotero con un líquido que me aplicaron en la herida, que aunque al principio me quemó muchísimo, me durmió la zona a las mil maravillas. He buscado ese producto milagroso -porque quiero llevar uno en mi bolso siempre- pero no lo he encontrado todavía.

Después de lo que a mi me parecieron siglos -¿una hora?-, cuando la herida ya estaba todo lo limpia que iba a estar, la sellamos con gasas y esparadrapo, y me dediqué a cojear todo lo que quedaba de viaje.

Nos quedamos dos días más atascados en el estero, porque llegó una tormenta y Oscar no se atrevía a cruzar la bahía. Tampoco pudimos andar hasta Honduras -no podía apoyar el pie-, ni salir a andar en piragua -por el oleaje-, y yo no me podía bañar -para mantener el vendaje-. Así que nos dedicamos a jugar con los niños y el perro de la comunidad. Y a jugar a cartas. Intentamos aprender el ‘juego’ de Toro, pero no hubo manera; realmente no tenía reglas lógicas. Cuando nos fuimos les regalamos nuestra baraja de cartas y todavía hoy me pregunto si 3 años después habrá aprendido a jugar siguiendo alguna regla.

El mar estuvo tan revuelto como se ve en la foto durante días.

Al tercer día de tormenta le pedimos por favor que nos llevara hasta Puerto Barrios y Oscar accedió. Yo misma pensé que íbamos a naufragar. Igual no era para tanto, pero tengo el recuerdo de que las olas nos pasaban casi por encima, la lancha se balanceaba como loca, y apenas podía abrir los ojos de todo el agua que caía sobre nosotros -si era por la lluvia o por las olas que rompían contra el casco, no lo sé-.

Al desembarcar -ya tarde- me di cuenta de que mi cartera, con el poco efectivo que llevábamos, se había quedado tirada en la hamaca de Manabique y tuvimos que andar dos kilómetros hasta el cajero más cercano. Encima. Por suerte, la pareja de ingleses con la que coincidimos allí la recogió y me la enviaron a casa -un mes después-.

Esta foto se tomó después de cortarme el pie, pero antes de perder la cartera -que se quedó justo en esas hamacas-. La verdad es que a pesar de TODO, tengo un recuerdo maravilloso de esos días.

Nos quedaba una semana más en Guatemala. Y yo coja. Muy coja.

Cuando volví a casa mi padres me pidieron que fuera a ver a un médico por si acaso -aunque la herida tenía muy buena pinta ya-. Fui a la consulta, y en efecto, el corte hubiera cerrado mejor con unos puntos de sutura, pero no se había infectado así que todo estaba en orden. Gracias Mikel.

Menos mal que fui yo la que se cortó, porque si hubiera sido al revés yo no hubiera tenido el nervio de hacerle la cura. Lo sé por experiencia -que ya contaré en otra ocasión-. Así soy yo. Me mareo. No lo puedo evitar.

2 respuestas a “El ostión de Manabique”

  1. […] por delante que no la visitamos por los problemas de Ane con los mejillones. Sin embargo, todos los locales en Río Dulce la recomiendan encarecidamente, así que por algo […]

  2. […] la espinita de subir un volcán clavada desde el viaje a Guatemala –puedes leer la explicación de por qué se quedó pendiente– y cuando nuestro amigo Beto nos habló de La Malinche, a mí todo me sonó […]

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